Periodismo ético en tiempos violentos


 

“El análisis epistemológico de esas categorías elementales del discurso dominante sobre el tráfico de drogas no trasciende el ámbito académico. El discurso oficial y los medios que lo reproducen son impermeables a las observaciones críticas de los investigadores…"  - Luis Astroga 

Vivo en una tierra marcada por la muerte. Literalmente. En Sinaloa, un estado etiquetado como la cuna del narcotráfico en México, el índice de homicidio doloso es el indicador que resume nuestra realidad violenta. 

Llevamos más de 40 años estancados como una de las regiones más peligrosas del planeta. Mientras que otros estados de México van y vienen en la tabla de posiciones de los indicadores más relevantes en materia de seguridad, Sinaloa no ha abandonado los últimos lugares en décadas. 

Desde el lanzamiento de la Operación Cóndor contra los grandes capos del narcotráfico en 1973, los sinaloenses hemos sido testigos mudos y hasta cómplices de un proceso de apropiación social por el crimen organizado hasta niveles de conformación de una auténtica cultura mafiosa.

Una cultura con todas sus letras y no una sub-cultura. Como insisten en minimizar las autoridades empecinadas en la negación de lo evidente: que a ojos del mundo Sinaloa es el sinónimo del narco.

Trabajo en Noroeste, un medio de comunicación regional con 43 años de antigüedad que todos los días retrata esa realidad. Nuestro equipo la reportea, la fotografía, la filma y la pública a través de nuestras diversas plataformas impresas y digitales. Decir lo que sucede es nuestra obligación profesional más mínima.

Desde el oficio periodístico, el canon clásico podría responder que hacemos lo que nos toca y que con eso cumplimos nuestro deber. Discrepo. No hacemos lo suficiente.

Ese mismo canon establece que el periodismo existe para hacer mejor el mundo. El acceso a la información y la libertad de expresión son dos caras de una conquista universal: el derecho que tenemos los humanos de decir y saber datos, hechos y causas. Comunicamos para “poner en común”. Informamos para que el mundo nos haga sentido.

Y es aquí cuando entro en conflicto. ¿En qué momento los muertos que publicamos a diario perdieron el sentido? 

Porque es obvio que esas fotos, esos nombres y esas circunstancias ya no generan ningún asombro y, lo que es peor, ninguna resistencia moral de parte de quienes consumimos la denominada “nota roja”.

Mientras que el mundo se concentra en la incomprensible violencia que nos entrega el terrorismo de Medio Oriente; en Latinoamérica y, específicamente en México, Colombia o Brasil, la guerra contra el narcotráfico acumula a cuenta gotas una cantidad inaceptable de muertes. Una guerra fundamentada en una razón anacrónica: el moralista prohibicionismo estadunidense.

En ese contexto, los medios de comunicación de Sinaloa seguimos publicando casi tres asesinatos diarios. Asesinatos que solo llaman la atención si agregan alguna nueva variante a la barbarie: tortura, decapitaciones… video. Sin dichas variaciones, esas muertes solo representan un hecho doloroso para sus familias y círculos cercanos; el resto de la población las presenciamos como testigos en la indiferencia. Y, vergonzosamente, muchas veces también en el morbo.

Me atrevo a afirmar que ese comportamiento social no es muy distinto en el resto del país. Lo mismo en Tamaulipas que en Guerrero o Morelos, la “normalización” de la violencia es un efecto natural tras diez años sostenidos de una guerra de baja intensidad que para 2018 acumulará algo así como 200 mil muertos.

La cifra es difícil de dimensionar. Pero uno a uno, prácticamente todos esos muertos han pasado por las páginas de los diarios y los titulares de televisión local y nacional. Incluso los desaparecidos (que no son pocos) suelen dejar algún registro mediático en estos tiempos gracias a las redes sociales. 

Entonces, algo estamos haciendo muy mal los medios mexicanos para que esa realidad continúe inalterada. Nuestro pecado es de acción, pero también de omisión.

Sobre decir que no estoy hablando de hacernos responsables de la policía o la procuración de justicia. Sino de hasta donde los medios mexicanos tenemos una obligación ética que va más allá del mero periodismo para contar esa realidad violenta. Para analizarla y atrevernos a proponer modelos distintos de aproximación.

No tengo respuestas definitivas. Creo que una aspiración así de ambiciosa puede materializarse a través de un ejercicio continuo y compartido de reflexión, discusión y profesionalización del periodismo mexicano. 

Para sentar un caso concreto, aprovecho esta oportunidad para compartir aquí una serie de criterios que hace 6 años decidimos en Noroeste sobre el tema, con la única intención de mejorar nuestro oficio y de ser responsables con nuestras decisiones editoriales:

RESPONSABILIDAD FRENTE A LA VIOLENCIA

Cobertura y publicación responsable de la información relacionada con inseguridad y delincuencia organizada

La situación inédita que se vive en el País, en el estado y la región en cuanto a la escalada de violencia, obliga a reforzar la responsabilidad de nuestras publicaciones.

Día a día, en nuestras decisiones editoriales nos enfrentamos a nuevos y difíciles dilemas.

En Noroeste lo tenemos claro: la violencia existe, tenemos que decirlo, la autocensura no es la decisión acertada para una publicación responsable, no se puede evadir la responsabilidad periodística, pero ésta tampoco puede ser un escudo para publicar irresponsablemente información que haga apología de la violencia o fomente la ilegalidad.

Por este motivo, en Noroeste establecemos la siguiente:

DECLARACIÓN DE CRITERIOS:

  1. Noroeste publicará siempre todos los hechos de violencia de los que tenga conocimiento, cumpliendo su compromiso de informar la realidad a la sociedad a la que sirve. La sección destinada para ello se denomina “Seguridad y Justicia”, acorde con la premisa de desarrollar la cultura de legalidad entre los ciudadanos y de justicia penal en las autoridades.
  2. Publicamos en portada los hechos relacionados con violencia cuando éstos abonan en la construcción del estado de derecho, por ejemplo: detenciones y decomisos relevantes;  así como en la defensa de los grupos vulnerables, tales como violencia de género, abuso de menores y víctimas inocentes.
  3. Publicamos en portada dichos hechos con un enfoque de prevención y alerta a la ciudadanía.
  4. No publicamos hechos violentos que consideramos forman parte del discurso de intimidación y terrorismo de grupos de crimen organizado, tales como mensajes en mantas, enfrentamientos armados, asesinatos, actos de tortura, entre otros; excepto cuando éstos trascienden a otras esferas como la política y la civil.
  5. No publicamos rumores, hipótesis o información no confirmada, ni señalamos responsables sin tener certeza.
  6. No publicamos encabezados amarillistas ni sensacionalistas, nos remitimos a los hechos.
  7. No publicamos palabras e imágenes que puedan llegar a ser ofensivas, por ejemplo aquellas donde la sangre es la protagonista principal.
  8. No publicamos nombres completos ni domicilios de víctimas, victimarios o cualquier otra persona relacionada.
  9. No publicamos nombres ni direcciones de hospitales a donde fueran trasladadas las víctimas de un hecho violento.
  10. No hacemos descripciones que hagan apología de la violencia.
  11. No publicamos el lenguaje de los grupos delictivos, ni transcribimos textos de sus mensajes.
  12. No publicamos fotografías ni nombres de acusados de delito, especialmente de menores de edad.
  13. No difundimos rostros de elementos policiacos, militares o de rescate presentes en los hechos de alto impacto.
  14. Los comentarios a las notas de noroeste.com no son el pensamiento o enfoque del personal de Noroeste y son eliminados cuando su contenido puede considerarse vulgar, difamatorio, ofensivo o que pone en riesgo a los ciudadanos.

Dichos criterios fueron presentados en todo el estado a organizaciones de la sociedad civil, líderes empresariales, de opinión y académicos con el propósito de socializarlos mejor y hacerlos disponibles a todos nuestros lectores en nuestras diversas plataformas. 

El aprendizaje ha sido continuo, nos hemos equivocado infinidad de ocasiones y hemos tenido que volver una y otra vez a discutir hasta dónde esos lineamientos continúan vigentes. La realidad sinaloense es tan diversa y sorpresiva que a pesar de que los criterios pretenden una utilización general, su aplicación suele ser casi siempre casuística.

La experiencia nos ha enseñado, también, la dificultad de sostenerlos en medio de un ambiente de presión reiterada y acoso sistemático, tanto del poder político como del crimen organizado. Nuestras dos principales amenazas.

Por un lado, el poder político local ha estado siempre inconforme con nuestro talante crítico y suele aprovechar las coyunturas o escenarios donde el crimen organizado está presente para disfrazar sus amenazas, presiones o agresiones. Utilizar métodos que imitan o simulan el modus operandi del narcotráfico es la coartada perfecta para la clase política. 

En ese contexto pueden incluirse las casi 100 averiguaciones previas que Noroeste sostiene ante la Procuraduría de Justicia Estatal. Expedientes que permanecen todos impunes con el trillado argumento de que no pueden clasificarse como delitos contra la libertad de expresión, sino como mera violencia del fuero común: robos, asaltos, amenazas, agresiones físicas. O en el colmo del cinismo, agresiones que responden a nuestra “mala suerte”, cómo me dijera el Gobernador Mario López Valdez en abril de 2014, tras recibir un balazo en un supuesto robo de auto. Móvil que hasta ahora no han podido demostrar.

Por otro lado, el crimen organizado es una presión permanente para el periodismo mexicano. En nuestra redacción sabemos que el monstruo siempre está allí: desde que diseñas la cobertura hasta que tomas las decisiones de qué y cómo publicar. 

Como protocolo permanente, en Noroeste procuramos hacer siempre el ejercicio de prever las posibles reacciones del crimen organizado ante nuestras publicaciones. Sabemos que con los criminales no existe garantía alguna de seguridad y que en la mayoría de los casos las autoridades son omisas, cómplices o parte del mismo sistema mafioso. Pero, como señalamos en el primero de nuestros lineamientos, insistimos en que tenemos la obligación de seguir publicando todos los hechos a pesar de las presiones y en que la ciudadanía tiene derecho a saberlos.

Como ejemplo, una de las presiones más relevantes sucedió en Mazatlán en 2010 cuando un grupo del crimen organizado atacó nuestras instalaciones con más de 60 balazos de AK-47 para obligarnos a publicar información no confirmada del grupo criminal contrario. Al día siguiente, nuestro titular explicaba el ataque y sus razones con total transparencia acompañado de un titular contundente: “No vamos a ceder”.

Esa agresión fue un momento más para el aprendizaje. Gracias a ella pudimos confirmar que el crimen organizado suele tener una estrategia de comunicación: su canal es la violencia y su fin es el miedo. 

Los medios debemos estar conscientes de hasta dónde estamos informando y hasta dónde nos volvemos sus mensajeros. Esa es la razón por la que en el periódico decidimos dejar de publicar los mensajes íntegros que dejan en lonas callejeras o los detalles morbosos de sus asesinatos como mutilaciones o actos de tortura.  

Cabe mencionar que en 2010, cuando dichos criterios fueron construidos, el nuevo Sistema de Justicia Penal Acusatorio para México estaba muy lejos de su concreción y, si bien tiene como fecha límite para su implementación nacional el año 2016, es importante recalcar que prácticamente todos los criterios consideran el principio de presunción de inocencia de los acusados. Así, también, fueron diseñados en la lógica de poner en el centro de nuestro periodismo los derechos de las víctimas y sus familias.

Sabemos que los criterios son perfectibles y estamos abiertos a continuar con su perfeccionamiento. Sabemos que la natural evolución de la situación actual, así como de la legislación mexicana, nos obligará a modificar desde la perspectiva de los derechos humanos cada vez que sea necesario. Pretendemos continuar afinando un marco de referencia que ha resultado útil en la toma de decisiones editoriales ante casos difíciles. 

En tiempos en que la sobre-información es la regla, para nosotros lo importante es poder tomar distancia del día a día y que nuestros contenidos no sean el resultado de una inercia operativa sino de un proceso dirigido de toma de decisiones colegiadas.

En “La Edad de la Nada”, Peter Watson señala que la Segunda Guerra mundial fue el semillero de muchos de los avances sociales del siglo XX. Avances llamados a concretarse en un carácter plena y exclusivamente laico, con los que mucha gente tuvo la oportunidad de llevar una vida más satisfactoria en lo cotidiano. Con esto quiero decir que son momentos de barbarie y dolor los que nos dan de pronto la capacidad de re-significarnos y buscar la trascendencia. La violencia como instrumento de redimensionamiento del ser humano.

No solo en un sentido metafísico sino eminentemente práctico. El reto de nuestro periodismo radica en estar en sintonía con esa aspiración por hacer mejor la vida de las personas en los aspectos más mundanos y utilitarios, al mismo tiempo que aspira a proporcionar referentes éticos y morales más profundos y sólidos.

En ese sentido nuestra propuesta es muy concreta: los medios mexicanos tenemos que dejar de ser “voceros” del poder o, en el mejor de los casos, “espejos” de la realidad.

Lo primero, porque es una clara claudicación de nuestra función primordial. Cómo dijera Daniel Moreno, reconocido periodista mexicano y actual Director General de Animal Político: el mayor problema de los medios mexicanos es su descarado oficialismo.

Y, lo segundo, porque aspirar a solo reflejar lo que sucede afuera, por fidedigno que sea, es una postura muy cobarde para un medio de comunicación con valores claros y una agenda definida en el contexto violento en que nos desarrollamos.

Cierro este texto con una pregunta: ¿aprenderemos algo en México tras esta época de violencia reiterada y dolor compartido?

No tengo grandes esperanzas en el futuro del periodismo mexicano. La perversa combinación del crimen organizado y el oficialismo nos genera una tercera amenaza preocupante: los medios que son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de un mal equilibrio donde el dinero, la corrupción y la violencia determinan el tamaño de la verdad a la que los ciudadanos podemos acceder. 

Ese segmento representa la mayor parte de la industria y está muy lejos de lo que el momento histórico mexicano les demanda. Ahí donde los gobiernos apuestan por el silencio y la negación de los muertos y los desaparecidos, siempre hay medios y periodistas dispuestos a reproducir el discurso oficial. Medios y periodistas que, además, son usados para descalificar y atacar a medios independientes.

En contraparte, las voces dispuestas a señalar y demostrar los casos de simulación de justicia, violaciones de derechos humanos, impunidad o corrupción son todavía muy escasas en el periodismo mexicano. 

Por eso insisto en que los medios tenemos una responsabilidad ética más grande que nuestro rol periodístico. Sugiero que debemos ir más allá y asumirnos como verdaderos constructores de conversación. Verdaderos entes discursivos en el más profundo de los sentidos. 

Eso implica una comprensión institucional que brilla por su ausencia en el contexto periodístico mexicano: la idea clara de que el narcotráfico y el crimen organizado es un problema complejo que rebasa nuestras aproximaciones tradicionales de sentido común y la naturaleza cuasi artesanal de nuestro oficio. 

Esa complejidad es acaso la gran característica de nuestro tiempo. Los fenómenos y problemas del sigo XXI tienen alcances y configuraciones donde la aceleración del cambio, la multiplicación de los actores y la cantidad de información definen su comportamiento sistémico. Con esa premisa en mente, el periodismo mexicano debe aprender con urgencia cómo tratar cada una de las historias y casos que la realidad de inseguridad y violencia nos presenta todos los días.

En “Nota(n) Roja”, el periodista mexicano Marco Lara Klahr nos dice: “La nueva y más compleja circunstancia mexicana requiere mayor rigor en el tratamiento de tales temas. Los problemas asociados al mundo de la delincuencia no se pueden explicar como un cuento popular. Son fenómenos más complejos que tienen que ver más con los grandes intereses económicos que con los dramas personales.” 

No veo otra forma de abordar esa realidad si no es con un enfoque multidisciplinario que utilice herramientas como la ética, el análisis del discurso, el pensamiento complejo, la dinámica de sistemas, el design thinking, entre otros.

El enfoque tiene que responder lo mismo a conocimientos de la ciencia dura o el hard data, que a conocimientos de las ciencias suaves o humanidades como la filosofía o la ética. Para recordar al filósofo francés Edgar Morin: los enfoques parcelarios no son útiles ante problemas complejos. Y en ese mismo orden de ideas, en el fondo de ese nuevo abordaje discursivo debe subyacer una pretensión ética.

Como señala el académico Luis Astorga en “Seguridad, traficantes y militares”, respecto del discurso generalizado sobre el narcotráfico:

“La representación de los fenómenos y las cosas pasa por el lenguaje y las imágenes. Diversos agentes sociales generan discursos e imágenes, determinando uno u otro significado, acerca de las drogas ilícitas, los usuarios de las mismas y los traficantes. Dichos agentes pueden ser gobiernos, agencias antidrogas, instituciones policiacas, organismos internacionales, funcionarios, públicos, políticos, juristas, médicos, religiosos, periodistas, académicos, compositores de corridos, etcétera. Y la producción simbólica de estos agentes se transmite a la sociedad, por lo general, a través de los medios de comunicación, como discursos, imágenes y estereotipos.”

Con lo que publicamos y con lo que decidimos no publicar, los medios estamos construyendo una cierta conversación, un discurso preformado. De nosotros depende abonar a la reflexión o construir estereotipos. Por eso más vale tener claro cuál es el discurso al que se aspira. Compartirlo y hasta discutirlo con la audiencia. En estos tiempos de redes sociales, la unidireccionalidad del poder mediático es una quimera, más vale llevar el diálogo con la audiencia más allá de las “Cartas al Editor” si no queremos volvernos sordos y quedarnos solos.
El ecosistema digital es la gran oportunidad que la tecnología nos brinda para entablar una conversación auténtica sobre lo que más preocupa a los consumidores de nuestros contenidos: su seguridad y la de sus familias. Personas y familias que quieren, como es natural, vivir en paz para aprovechar a fondo sus libertades. Vivir en paz para ser la mejor expresión de sí mismos.

El rol de los medios mexicanos es ahora, más que nunca, una responsabilidad profesional y ética con esa posibilidad de realización de los ciudadanos. Una responsabilidad con la construcción de una mejor comprensión de la naturaleza compleja del narcotráfico, la violencia y el crimen organizado. Una responsabilidad con el desarrollo de una conversación constructiva que fomente una cultura de paz y ponga en el centro de las preocupaciones de la sociedad los derechos humanos de las víctimas y grupos vulnerables.

A los medios nos toca ahora escuchar más que hablar. Aprender más que enseñar. Ser una voz más en la conversación y no “la voz”. Ejercitar el diálogo. Practicar la palabra. Vaya tiempos los que nos toca vivir, a los medios y periodistas nos toca ahora ser aquel de quien nuestro oficio se ocupa: el otro.

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